Y, como había podido volver a comprobar, no era un sueño, ya había despertado. Y por más que lo intentaba, no podía comprender, ¡cómo había podido llegar a convertirme en una abeja de tamaño real! Intenté llamar a mi madre, pero no me salía la voz, lo único que se oía era un horrible zumbido que no me gustó nada. Me fijé un poco en mí, no es que yo sea muy guapa pero esa mañana estaba especialmente horrible, tenía alas, era de color amarillo y negro y además tenía un gran aguijón. Sí, sin duda era una abeja.
Mis amigas querían ir a comer a un restaurante que no llamaba demasiado mi atención. Las comidas que había en el menú eran un poco raras, todo demasiado caro así que pedimos un plato que estaba de oferta. Aunque no entiendo por qué, no nos dimos cuenta de que era extraño comer aguijones de abeja en ese momento, pero creo que a ninguna le sentaron bien ya que durante la siguiente semana todas tuvimos mareos, me preguntaba si, al igual que yo, mis amigas habían sufrido un cambio de físico radical. Justo en ese momento, una abeja gigante pasó por al lado de mi ventana.

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